LA COMUNICACIÓN COMO ARMA DE GUERRA ESPIRITUAL

La comunicación como arma de guerra espiritual

En el conflicto cósmico, la batalla no se libra solo con acciones, sino también en lo que creemos, en lo que escuchamos y en lo que decimos. En ese sentido, la comunicación no es neutral: la comunicación es un campo de batalla espiritual.  

Por: Gabriel Díaz Cerda. Director de Comunicaciones Buen Samaritano.


A todos nos ha pasado alguna vez que leemos una noticia, vemos un video en redes sociales o escuchamos un comentario, y sin que nada haya cambiado físicamente, al menos en apariencia, nuestro ánimo se modifica, nuestras conversaciones toman otros rumbos y hasta nuestras decisiones comienzan a verse afectadas. No ocurrió nada externo, pero sí sucedión algo interno, recibimos un mensaje que impactó nuestra mente, generó emociones y terminó modificando conductas.

Hoy incluso se habla de “guerra cognitiva”, es decir, estrategias para influir en cómo las personas piensan y reaccionan usando relatos, imágenes, emociones y mensajes repetitivos. No se busca solo informar, sino modelar creencias para dirigir decisiones. Y así como hoy los países se enfrentan en guerras comunicacionales para justificar conflictos armados y ganar apoyo de la opinión pública, el Reino de Dios también está en medio de una guerra comunicacional espiritual contra el príncipe de las tinieblas. Porque lo que está en juego no es solo lo que hacemos, sino en quién confiamos, qué creemos y a qué voz decidimos obedecer. Por eso, en el conflicto cósmico, la comunicación es un arma espiritual mediante la cual avanza el Reino de Dios a través de la comunicación del evangelio.

Desde el principio, Dios crea hablando: “Y dijo Dios: Sea la luz” (Génesis 1:3). El ser humano, por tanto, es creado para vivir en relación comunicativa con Dios. El lenguaje no es un accidente, ni  únicamente una habilidad social, sino parte del diseño espiritual e inteligente del ser humano. Y no es casual que el primer pecado tampoco comenzara con una acción, sino con una confrontación entre Satanás, la serpiente antigua y Eva, en el jardín del Edén: “¿Conque Dios os ha dicho…?” (Génesis 3:1). 

Antes de la desobediencia hubo distorsión del mensaje, y antes de la caída hubo engaño comunicacional. Desde entonces, la estrategia no ha cambiado. El enemigo no siempre ataca primero con acciones, muchas veces hace daño con palabras, con relatos y con interpretaciones tergiversadas. 

UNA PARÁBOLA COMUNICATIVA

Todos los elementos del proceso de la comunicación concurren como partes esenciales de la vida espiritual cristiana. Jesús lo explica con claridad en la parábola del sembrador. “El sembrador es el que siembra la palabra” (Marcos 4:14), es decir, hay un emisor. “La semilla es la palabra de Dios” (Lucas 8:11), ese es el mensaje. 

Luego vienen los receptores, los que oyen. Primero está el que oye la palabra del Reino pero no la entiende (Mateo 13:19). Luego, quien oye la palabra y la recibe con gozo, pero no permanece pues tropieza al venir la aflicción y la persecución (Mateo 13:20-21).  También está quien oye pero el afán de este siglo y el engaño de las riquezas terrenales terminan por ahogar el mensaje de salvación. Es el problema de amar las cosas del mundo por encima del Señor (1 Juan 2:15-16). El "mejor de los casos" de recepción ocurre cuando quien escucha además entiende y retiene la palabra, con corazón dispuesto y dando frutos espirituales con perseverancia (Mateo 13:23; Marcos 4:20; Lucas 8:15). 

Dentro del proceso comunicativo (en el marco del modelo clásico) entran en juego otros elementos igual de relevantes como el canal, el código usado por el emisor, el contexto, situación, cultura, ruido o interferencia. Esto último también aparece con claridad en la parábola del sembrador cuando se describe una quinta situación de recepción comunicativa: Están los que oyen, pero enseguida viene Satanás y quita la palabra que se sembró en sus corazones (Marcos 4:15).

Aquí nuevamente aparece la disputa comunicacional espiritual. No basta con que el mensaje sea verdadero, hay un enemigo que busca interferir, distorsionar y robar la palabra de salvación. En este contexto, la parábola del sembrado no es solo una metáfora del ámbito agrícola, es de igual forma una escena de guerra espiritual por la mente y el corazón de los seres humanos.

Ante la interferencia de Satanás, Dios nos llama a esforzarnos y ser valientes en la misión que tenemos como cristianos (Josué 1:9), porque mientras predicamos el evangelio estará con nosotros hasta el fin del mundo (Mateo 28:20)

DIOS COMPLETA EL PROCESO DE LA COMUNICACIÓN DEL EVANGELIO

La predicación y la proclamación, en sí mismas, son actos lineales. Alguien habla y otros escuchan. Pero la conversión no ocurre solo porque hubo transmisión de información. Jesús dijo: “Cuando Él venga, convencerá al mundo de pecado” (Juan 16:8). Es decir, el Espíritu Santo completa el proceso comunicativo. En términos espirituales, no basta con emisor, mensaje y receptor, hay un elemento esencia que es  la acción del Espíritu produciendo respuesta y transformación. Lo vemos en la parábola del sembrador, también en Nínive, donde Jonás proclamó el mensaje, pero fue Dios quien movió el corazón del pueblo para su conversión y arrepentimiento (Jonás 3:7-10). La comunicación del Reino no es solo informativa, es transformadora porque Dios actúa en ella. En definitiva, el evangelio produce ese fruto porque es palabra de vida:

"...asidos de la palabra de vida, para que en el día de Cristo yo pueda gloriarme de que no he corrido en vano, ni en vano he trabajado" (Filipenses 2:16).

"Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes"                                     (1 Tesalonicenses 2:13).

Pablo es un ejemplo poderoso de predicador brillante intelectualmente, valiente y, al mismo tiempo, de mensajero dirigido estratégicamente por el Espíritu Santo. En Hechos 16  leemos que el Espíritu les prohibió predicar en ciertos lugares y los condujo a otros (Hechos 16:6-10). Dios no solo cuida el mensaje, también dirige el camino del mensajero. 

Y cuando Pablo y Silas predicaron, el Señor abrió el corazón de Lidia para que estuviera atenta a lo que Pablo decía (Hechos 16:14). La conversión no fue solo resultado del discurso y de la habilidad oratoria de Pablo, sino de la acción directa de Dios en el corazón. 

Pero también vemos el contraataque del enemigo. Pablo y Silas anuncian el camino salvación, ganan almas para Cristo, y Satanás responde con azotes y cárcel (Hechos 16:16 - 23). Aun así, el evangelio sigue avanzando. La experiencia de Lidia, la vendedora de púrpura, y del carcelero de Pablo y Silas nos muestran el ciclo completo del proceso comunicativo dirigido por Dios: buscaron salvación con corazón dispuesto, escucharon la predicación, creyeron en el Señor Jesucristo y fueron bautizados (Hechos 16:30-34). La fe nació por el oír, pero fue confirmada por la obra del Espíritu Santo (Romanos 10:17).

La guerra espiritual no se libra solo en grandes pruebas, también en lo cotidiano,  en lo que escuchamos, en lo que repetimos, en lo que creemos y en lo que compartimos en nuestras iglesias y familias. 

Dios nos llama a cuidar nuestra comunicación espiritual, porque también ahí se están librando batallas. En el conflicto cósmico, la comunicación no es neutra, es parte de la batalla y también parte de la victoria. 

Y el Señor Jesucristo nos promete que cuando este evangelio del Reino de Dios sea predicado en todo el mundo, entonces vendrá el fin (Mateo 24:14), pero no el fin como derrota, sino el fin como esperanza de vida eterna (Juan 14:1-3), el fin del dolor, del pecado y de la muerte (Apocalipsis 21:4). Y mientras ese día llega, que el Señor nos encuentre fieles (Apocalipsis 2:10), creyendo su verdad, hablando su verdad y anunciando con nuestras vidas que Cristo viene (Apocalipsis 22:20).

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