EL PROCESO DE CAMBIO PERSONAL A LA LUZ DE LA PALABRA DE DIOS Y LA CIENCIA

Por: Lorena Cornejo González. Médico Cirujano, Nutriología y Medicina del Estilo de Vida, Médico Certificado por la Junta Internacional de Medicina del Estilo de Vida.

Vivimos en tiempos de cambios. Como médico de estilo de vida y nutrición clínica me enfrento a diario con pacientes que necesitan y desean cambiar ciertos aspectos de sus hábitos que ellos reconocen ser causantes de los males que los aquejan, y cada vez que converso con ellos pienso en aquellas cosas que yo misma también debería cambiar.

Esta conciencia de cambio se ha dado gracias al conocimiento científico que ha logrado observar patrones de hábitos asociados a malos resultados en salud, y hoy en día ese conocimiento se ha hecho accesible y abierto a todas las personas a través de Múltiples canales de información.

Una propuesta para cambios de hábitos es el Modelo Transteorético, elaborado por James Prochaska a comienzos de los años 80. Este modelo señala que el proceso de cambio de hábitos se realiza en cinco etapas: Precontemplación, contemplación, preparación, acción y mantención.

CONOCE MÁS AQUÍ SOBRE EL MODELO TRANSTEORÉTICO


La precontemplación es la etapa en la que el individuo aún no es consciente de su mal hábito o no tiene intención de cambiar. La contemplación es cuando hay conciencia y existe una intención de cambiar en un futuro. La preparación es cuando esa intención es más concreta, en un futuro próximo y la persona busca herramientas para iniciar ese cambio en el corto plazo. 

La acción es esa etapa en la cual el cambio se inició, pero aún no se consolida ya que la persona está aprendiendo a lidiar con barreras y apoyarse en facilitadores. La mantención es cuando ese cambio se ha consolidado y mantenido por un período de tiempo suficiente, superior a seis meses. 

Como cristianos creemos que todo cambio de hábito en pro de la salud física, mental o espiritual debe tener como propósito asemejarnos cada vez más a la naturaleza divina. Esta directriz ha sido expuesta con claridad en las Sagradas Escrituras y cada vez vemos más y más como la ciencia ha ido concordando con estos lineamientos. 

En 2 Pedro 1:5-7 encontramos que todo proceso de cambio debe llevarse a cabo con diligencia. El primer escalón es la fe, ya que, sin ella como base, ningún cambio puede ser posible. “Vosotros también, poniendo toda diligencia por esto mismo, añadid a vuestra fe virtud; a la virtud, conocimiento; al conocimiento, dominio propio; al dominio propio, paciencia; a la paciencia, piedad; a la piedad, afecto fraternal; y al afecto fraternal, amor”. 

MIRA AQUÍ UN RESÚMEN SOBRE EL LIBRO 2 PEDRO

Si en lugar de la precontemplación ponemos la fe en Aquel quien produce en nosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad (Fil. 2:13), podemos movernos al siguiente nivel que sería la virtud, que según el original griego “tēn aretēn” se define como la excelencia moral que nos mueve a hacer el bien, o el deseo de hacer el bien, correspondiendo a la etapa contemplativa, donde nos hacemos conscientes y queremos movernos a hacer el bien. 

Pedro continúa su propio proceso enfatizando que a la virtud se debe añadir conocimiento, que corresponde a la profundización del entendimiento y la adquisición de herramientas necesarias para alcanzar los logros, muy similar a la etapa de preparación de Prochaska. 

Luego de adquirir conocimiento y herramientas debe vencerse el statu quo, pasar a la acción, lo que requiere fuerza para vencer la inercia desordenada, etapa que Pedro define muy bien como “enkráteia” o dominio propio. Y posteriormente a ese dominio propio se debe añadir paciencia, “hypomonē”, que en su contexto estricto se refiere a “perseverancia”, mantenerse firme bajo presión, que es lo que define la consolidación del hábito, que Prochaska llama “mantención”. 

Estas similitudes son asombrosas. Pero a diferencia del modelo transteorético, las Escrituras se extienden las etapas aún más allá, ya que todo proceso individual, a pesar de ser muy necesario, no puede quedarse en lo individual si no que debe traspasarse a lo colectivo, agregando al estado perseverante o de mantención, piedad, afecto fraternal y amor; virtudes que se relacionan con el prójimo hacia quien debe proyectarse lo consolidado. 

Este análisis nos lleva a pensar que tenemos herramientas dadas en la Palabra de Dios hace miles de años que nos ayudan a progresar en lo individual y colectivo. “Cuanto más crezcan de esta manera, más productivos y útiles serán en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo” (2 Pedro 1:8). Es Jesús entonces quien nos anima, con amor y firmeza, a llevar una vida de rectitud expresada en nuestros hábitos de salud física, mental, social y espiritual.


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