EL BUEN HIJO: VIVIR EN LA VERDAD DELANTE DEL PADRE


El buen hijo: vivir en la verdad delante del Padre

  • Por Ernesto Contreras. Psicólogo.

Siempre he tratado de entender lo que realmente significa ser un buen hijo, porque claramente no creo  que simplemente se trate de hacer todo lo que los padres manden. Claramente los hijos crecen y evidentemente ya no necesitan seguir las ordenes de sus padres. Es más, lamentablemente muchos padres usan la obediencia de sus hijos para sacar provecho propio. 

Tampoco creo que el buen hijo sea aquel que mantiene una conducta moralmente intachable y que se mantiene a la altura de las expectativas, porque en la vida práctica he visto como muchos aprenden a vivir en una fachada esclavizados por el que dirán o la vanidad del deber ser, construyendo una apariencia de intachable y al mismo tiempo una autenticidad fingida y una identidad débil. 

Cuando lo pienso desde mi rol actual de padre, he aprendido que lo más importante para mí, más que la conducta, más que los logros, más que cualquier cosa, es que mis hijos sean capaces de decirme la verdad… nada mas que eso para mí sería suficiente, ¿Por qué? Simplemente porque como padre me gustaría tener certeza de poder conocer sus problemas reales para siempre estar ahí como un apoyo e incluso si está en mis manos ser parte de la solución. 

En base a todo lo anteriormente dicho, he entendido que para ser un buen hijo de Dios debemos entonces hablarle con la verdad incluso aún cuando no somos capaces de andar en la Verdad. Reconocer nuestras faltas, nuestras fallas y nuestras maldades ante Él es la forma de entregar el corazón a Dios y la forma en que el Señor puede darnos una real ayuda.

Una relación sólida necesita verdad. Cuando las personas dejamos de mirarnos a los ojos y  no podemos decirnos lo real, entonces caemos en un torbellino de nudos internos tratando de levantar castillos de naipes que para no derrumbarlos evitamos hasta respirar encima de ellos. Nos guardamos la verdad y con ello negamos la oportunidad de que el otro sepa realmente en qué terreno está pisando. En el peor de los casos, mutuamente nos mentimos para sostener algo que de hecho no tiene buena forma. 

Le tememos a la verdad, y enseñamos a nuestros hijos a temer a la verdad. Esto sucede porque no nos gusta escuchar lo que nos incomoda y preferimos mantenernos en la fantasía de lo que debería ser, en vez de atrevernos a enfrentar lo que realmente existe. 

Le tememos a la verdad, porque cuando la dijimos muchas veces fuimos castigados o vivimos consecuencias que nos trajeron problemas con personas amadas o con personas destructivas que finalmente nos dejaron una huella en nuestra experiencia emocional y que duele cada vez que nos aproximamos a lo verdadero de nosotros mismos. 

Le tememos a la verdad y le enseñamos a nuestros hijos que esas verdades nos incomodan y nos duelen tanto que muchas veces le entregamos a los niños la responsabilidad de mantener nuestras emociones reguladas en base a lo falso, a la omisión, a lo que no es real, aún cuando somos nosotros los adultos responsables. 

Pero Dios dice en la Biblia que la verdad nos hará libres. Todos queremos sentirnos libres, pero escasamente queremos abrazar la verdad porque el costo llega a ser alto (Juan 8:32)

No obstante, en la intimidad con Dios si podemos acercarnos a la Verdad y ser libres. Por nuestro bien podemos portarnos como buenos hijos y hablar con verdad a nuestro padre celestial, el cual por enfrentar la verdad del pecado de todos nosotros murió en la cruz para que en su justicia y verdad perfecta seamos reconocidos como salvos. 

"Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad" (1 Juan 1:9)

Por eso creo que más allá de la conducta, la moral o el éxito, tratar de ser buen hijo de Dios significa ser capaz de decirle nuestra cruda y oscura verdad siempre y en todo momento, para que así Él pueda estar con nosotros y pueda ayudarnos a resolver esos nudos de dolor que hemos constantemente aprendido a vendar con la mentira.

"Mi pecado te declaré, y no encubrí mi iniquidad. Dije: Confesaré mis transgresiones a Jehová; Y tú perdonaste la maldad de mi pecado" (Salmos 32:5)

 

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